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viernes, 6 de marzo de 2009

Todos

Un sabroso cuentillo más...
Todos

I

-¿Qué hacemos ahora? -preguntó el tipo 1 mientras sacudía la arena de su cabeza.

-Vamos a probar cuántos cigarros podemos fumarnos a la vez -le respondió el tipo 2.

-Excelente.

II

En la pequeña casa de playa ya había comenzado la fiesta. El tipo 3 bailaba con la tipa 4 mientras miraba hacia arriba, hacia la derecha, hacia la izquierda; nunca al frente.

-Si fuera un poco más chata, estaría menos incómodo -pensó.

Ella miraba al piso, como cuando caminaba, talvez mover los pies le provocaba esa irresistible reacción. Había por lo menos medio metro de distancia entre sus cuerpos, era una salsa y cada uno la bailaba como mejor lo podía hacer. Entonces, él intentó conversar.

-¿Tienes la hora?

-¿Qué?

-¿Tienes la hora?

-¿Qué?

-¡Si tienes la hora!

-¡No te escucho!

-¿Qué?

-¡Que no te escucho!

-Ah… ¿Tienes la hora?

-¿Qué?

El tipo 3 se rindió y miró inmediatamente para otro lado. Ella hizo lo mismo. Se estaban enamorando.

III

En una de las esquinas de la casa se habían reunido, como en todas las fiestas a las que iban juntas, la tipa 5, la 6, la 7 y la 8. “Crazy Girls” se hacían llamar. En el colegio, ya hace varios años, en una de esas clases aburridas de química, habían decidido quemarse los brazos con un cigarro, de ese modo nunca olvidarían su amistad y las “Crazy Girls” quedarían selladas para siempre. Lamentablemente, la tipa 7, no tan lúcida como las demás, había pasado el cigarro por varias partes de su brazo, no comprendiendo que se trataba únicamente de un puntito. Hoy era la única en la fiesta con un polo de manga larga.

-No, tú eres más puta.

-No, tú eres la más puta.

-Saben qué, somos putas todas.

Se carcajearon celebrando y brindaron alegre y elegantemente.

-Chicas, estoy enamorada.

-Yo también.

-Calla puta.

-Enamorada de nuestra amistad. No nos vamos a separar nunca.

-Yo viajo en 2 meses.

-Calla puta.

-Vamos a secarnos esta botella de ron en nombre de nuestra amistad.

-¡Abrazo!

-Yo decía que estaba enamorada de mi novio.

-Qué te habrá hecho.

Todas se rieron escandalosamente.

-¿Quién es la más puta?

-¡Tú! -respondieron las otras tres en coro.

-¡Salud por eso!

-Calla puta.

IV

-¿Qué hacemos ahora? -preguntó el tipo 1 mientras se subía el pantalón.

-Vamos a tomar hasta que uno de los dos vomite. Cuando uno de los dos tenga ganas va corriendo al mar y vomita ahí -le respondió el tipo 2.

-Excelente.

V

Los tipos 10, 11, 12, 13, 14, 15 y 16 se habían reunido en el comedor de la casa y formaban un círculo en cuyo centro había una caja de cerveza.

-¡Que viva el alcohol!

-¡Claro! -respondieron los demás.

-¡Que viva adentro mío!

Todos celebraron con bulliciosas carcajeadas.

-¡Yo no puedo vivir sin alcohol! ¿Tú puedes?

-¡Claro que no hermano! ¿Y tú puedes?

-Pero por supuesto que no.

-¡El trago es la vida!

-¡Salud muchachos!

-¡Salud borracho!

-¡Y tú no lo serás!

-Yo soy el más grande.

-Serás el más grande borracho.

-A eso me refería.

-A qué.

-A que soy muy borracho. Muy, muy borracho.

-Te admiro hermano. ¿Tú me admiras?

-Mientras tengas un vaso de alcohol en la mano te voy a admirar hermano.

-Salud.

-Por la vida alcoholizada.

-Salud por eso.

-Dime una cosa. ¿Tú conoces otro tipo de vida?

-Pero claro que no hermano. Acá estamos lo más grandes borrachos. Y somos los mejores. Los demás no existen. Son todos perdedores.

-Tienes razón hermano.

-No, yo no tengo razón, el trago tiene razón.

-Él es nuestro más grande consejero.

-¿Qué haríamos sin él?

-Tengo ganas de masturbarme.

VI

La tipa 17 y el tipo 18 se habían separado del grupo y conversaban muy bajito.

-Yo te amo. Te juro que te amo -dijo con pasión el tipo 18.

-No podemos -le contestó angustiada la tipa 17.

-¿Porqué no? ¿No te das cuenta que somos el uno para el otro?

-No, no se puede. Entiende, no puedo estar contigo.

-Dime porqué no, o no podré vivir ni un segundo más.

-Porque no. No se puede.

-Qué compleja situación. Te amo. Lo juro.

-No me hagas sufrir más, ya no quiero ver más tu rostro.

Entonces la tipa 17 se acercó a él y lo besó. Él la abrazó con fuerza y procuró dejar su alma en ella. Tras 16 segundos se soltaron y continuaron intercambiando sus nutridos lenguajes.

-No soy nada sin ti -dijo el tipo 18 recordando alguna de sus canciones favoritas.

-No podemos, por favor date cuenta, no es posible -replicó la tipa 17 mirándolo a los ojos.

-Es que te amo.

-Yo no. Debo irme.

-No me dejes.

-Debo irme, el tipo 20 me espera en la carpa que construyó para que pasemos la noche.

-No vayas.

-Debo ir, tiene mi celular.

-Te amo.

-No hables.

Lo besó otra vez y comenzó a alejarse lentamente.

VII

-¿Qué hacemos ahora? -preguntó el tipo 1 mientras intentaba quitarse el dolor del dedo meñique chupándolo con fuerza.

-Vamos a enterrarte completamente en la arena y a llamar a los chicos para que te orinen encima -le dijo el tipo 2.

-Excelente.

VIII

Los tipos 21, 22, 23, 24 y 25 habían salido de la casa y conversan sentados en las gradas de entrada.

-¡No! ¡Porque tú eres negro!

Todos se carcajearon.

-Oe, yo no soy negro, estoy quemadito.

Todos se carcajearon.

-Negro, pásame el vaso.

-Oe, yo no soy negro, estoy quemadito.

Todos se carcajearon.

-¿Cuántas veces voy a tener que hacerte entender que tú eres acá el esclavo?

Todos se carcajearon.

-Oe, yo no soy negro, estoy quemadito.

Todos se carcajearon.

-Vamos a caminar.

-No seas maricón.

-Sí, caminar es para maricones.

-Tienen razón.

-Además, un negro maricón es muy peligroso.

Todos se carcajearon.

-Oe, yo no soy negro, estoy quemadito.

Todos se carcajearon.

-Pero sí eres un maricón.

Todos se carcajearon.

-Oe, yo no soy negro, estoy quemadito.

Todos se carcajearon.

-¿Ya vamos adentro?

-Seguro tienes frío, eres un maricón.

Todos se carcajearon.

-No me digas maricón.

Todos se carcajearon.

-Oe, yo no soy negro, estoy quemadito.

Todos se carcajearon.

-Yo no soy maricón.

Todos se carcajearon.

IX

Los tipos 26 y 27 conversaban apoyados en una de las ventanas.

-Qué buen culito.

-Es muy redondito.

-Ciertamente lo es.

-¿Te gustan los culitos redonditos?

- También son buenos los más alargaditos.

-Es una buena observación.

-¿Cómo habrá tenido la virgen María el culito?

-Muy redondito, seguro muy redondito.

-Seguro.

X

Amasaba y amasaba. Y cada 2 minutos aumentaba un poco más. Cada vez se hacía más grande. Amasaba y amasaba. Cada vez más uniforme, cada vez más blanda y más obediente a sus manos. El plato sería enorme, talvez no delicioso, pero sí enorme. Todos, absolutamente todos, o por lo menos los que no tengan anormal el estómago, iban a quedar igual de satisfechos. Blanda comida, sabe como a uno le plazca.

viernes, 13 de febrero de 2009

Bien muerta

Y otro más...

Bien muerta

Nadie paraba de correr a mi alrededor por toda la habitación. Algunos avanzaban arrodillados y rezaban en su nombre para que no les hiciera daño. Yo me quedé parado observando su soberbio vuelo. Agitaba sus alas como si fueran enormes, como si pudiera derrumbar las cuatro paredes con ellas. Yo apenas las vi pensé que eran las más pequeñas y livianas que había visto en mi vida. Sin embargo, el embriagador miedo de la gente que tenía alrededor comenzaba a hacer que viera a las alas cada vez más grandes. Nadie se mantenía quieto y de cuando en cuando alguien que pasaba por mi lado, me miraba y me gritaba: “¡corre!, ¡corre!, ¡porqué no corres!, ¡no te das cuenta que tenemos que correr!, ¡corre en su nombre!, ¡corre para que nos mantenga con vida!” Entonces, yo dudaba un instante y me disponía a correr, pero hasta el momento siempre había logrado detenerme, abrir bien los ojos, observar su fealdad y su pequeñez, y tranquilizarme. De pronto, un anciano se me acercó furtivamente, se tiró al suelo y me abrazó las piernas llorando. “¿Usted puede calmarla? ¡Cálmela por favor! ¡No deje que nos castigue!” Yo lo miré y me agaché para ponerme a su altura. “¿Porqué le tienen tanto miedo?” le pregunté. “¡Por sus alas! ¡Por su grandeza! ¡Por su poder infinito!” me contestó. “¡Pero si es tan pequeña!” le dije. “¡No! ¡Silencio! ¡No diga eso! ¡La hará enfadar!” Entonces, me soltó y siguió corriendo hacia todos lados junto a los demás. En ese momento, la cucaracha posó su pequeñez en una de las paredes. Todos se detuvieron, la miraron y se alejaron de ella lentamente. Nadie se atrevía a hablar, todos la miraban con rostro asustado y algunos susurraban súplicas para que ella les tuviera piedad. Yo, tras mirarlos extrañado, volví mis ojos hacia la cucaracha. Estaba enorme, grandísima, sus alas brillaban y sus patas se habían alargado de modo que parecían ocupar casi toda la pared. “¡Pero no puede ser!” pensé. “¡Si hace unos segundos era tan pequeña!” Comencé a caminar hacia ella para verla más de cerca y comprobar la transformación. Avancé lentamente, tratando de no hacer ningún ruido, no quería que alce su vuelo otra vez y provoque el desorden de antes. Me acerqué al fin lo suficiente y mi mirada se posó atentamente en ella cuestionando su tamaño: era pequeñísima otra vez. “¡Cucaracha farsante!” grité. Más de uno comenzó a llorar atrás mío. Algunos comenzaron a gritar sus rezos. Entonces, me di vuelta furioso: “¡Basta! ¡Porqué le tienen tanto miedo a esta maldita cucaracha!” El anciano que se había echado a mis pies avanzó hacia mí y me gritó: “¡Desalmado!” En seguida todos le siguieron en coro. “¡Desalmado! ¡Desalmado!” Algunas señoras se jalaban los pelos; una en particular comenzó a golpear su cabeza contra la pared mientras gritaba “¡Castíganos! ¡Castíganos a todos!” Cuando yo intenté acercarme a ella para que detuviera su locura, la cucaracha alzó vuelo otra vez. Caos. Me uní a él. Comencé a correr furioso entre todos. Al principio no tenía ninguna ruta a seguir, simplemente corría tratando de chocar contra todo aquel que pasara delante mío. Luego, vi a la cucaracha pasar por mi lado. Comencé a perseguirla. Lo hice descontroladamente. Trataba de tocarla con mis manos pero cada que estaba a punto de hacerlo alguien se cruzaba en mi camino y provocaba que me aleje de ella. Creo que pasaron varios días para que la maldita decidiera al fin posarse otra vez sobre una de las paredes. Todos se detuvieron, igual que la vez pasada. Yo también lo hice, me agaché y me saqué el zapato. Me acerqué a la voladora y sin pensarlo dos veces la aplasté con todas mis fuerzas. Cuando separé el zapato de la pared ella había quedado pegada a él. Sólo quedaba una especie de pus asqueroso en la planta. Una de las patas aun se movía, así que chanqué el zapato contra el piso varias veces, para matarla definitivamente y para despegarla de ahí. “Bien muerta” dije. Me puse de nuevo el zapato y me paré. Giré, miré a la gente y recién me di cuenta del silencio absoluto que se había apoderado de la habitación. El anciano se había desmayado al fondo y nadie le prestaba ayuda, todos estaban ocupados mirándome con ojos absortos. Nadie parpadeaba, nadie respiraba. Todos me observaban temblando y con la boca abierta.

Supe entonces que yo era el siguiente.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Bis conceptual

Bis conceptual

1.

Me miro en el espejo y mis manos desaparecen. Desaparecen en mí. En el espejo aun las veo. Puta. Cuántas veces voy a tener que matarte. Deberías entender que mi vida ha entrado en otra dimensión. Ahora soy la orina del superhombre. Tú te has quedado matando a dios. Yo lo he cargado en mis brazos y le he permitido besarme. Ahora mis manos ya no existen. Ahora tengo cuernos. Tengo escamas. Tengo piel de cabra. Ahora atrévete a romper mi alma.

2.

Es hora de parir. Merezco ser expulsada de este cuerpo maldito. Apesto. Debo salir y respirar el aire largo. Hoy, que es hora de parir, me he decidido a llorar como si la mente se me hubiera resentido por forzarla a hablar. ‘Maldita puta, adquiere el lenguaje’ le dije. Ella me miró y tras cuatro días respondió ‘está bien’. Así, comencé a escupirlo todo. El cuerpo se excitó. Yo nunca le permití tocarme. Jaja jaja. Jaja jaja.

domingo, 1 de febrero de 2009

Densas progresiones

Un cuento más...


Densas progresiones


Cerré el libro. Me eché para atrás en la silla y miré al techo con los ojos cerrados. Al fin lo había terminado. Veinticuatro días coloreando mi mente de ciencia abstracta; y lo había entendido todo. Apoyé mis codos en la mesa y mi cabeza sobre mis manos. Pensé entonces que estaba feliz, que de eso se tenía que tratar la vida. Subí la mirada y vi al fin a la chica que se había sentado en la mesa de enfrente. Hace tanto que su imagen se me presentaba borrosa mientras intentaba concentrarme en las palabras. Me decepcioné un poco, no era tan simpática como pensaba. Sin embargo había algo poco común en su mirada posada sobre el grueso libro que leía. Su cara no era nada especial, talvez los lentes la adornaban, talvez el pelo lacio suelto que, al igual que las manos y los ojos, tocaba el libro. Su vestido marrón pálido me llamaba la atención, y la forma en que movía su pie derecho bajo la mesa parecía animarme a hacer algo. Tal vez ahora, con mi feliz sabiduría a cuestas, podría ser la ocasión de acercarme a ella e iniciar una conversación. Miré entonces la hora y me puso aun más feliz comprobar lo temprano que era. Tenía tiempo de sobra para salir a caminar lentamente. Mientras más grande es mi felicidad más lentos son mis pasos. Como si no quisiera llegar a ninguna parte, como si quisiera fluir poco a poco.

Comencé a guardar mis libros y a planear cómo me le iba a acercar a la chica de enfrente. “No comenzar con una pregunta” fue la primera decisión certera. “No soy bueno para preguntar, debo encontrar la forma en que ella me comience a hacer las preguntas a mí. Quiero responder; soy bueno para responder.” La miré otra vez y esta vez ella también alzó la mirada. Seria. Seca. Pensé que esa es precisamente la mirada que se niega a responder preguntas. Pensé que esa era una mirada que no quería a nadie cerca. Me importó. Me puse de pie sin ninguna decisión. Di un paso al frente y retrocedí para recoger mi celular. Apenas me había parado me había dado cuenta que lo estaba olvidando, pero había dado un paso adelante para darme un poquito más de tiempo y para hacer notar un poquito más mi presencia. Con el celular en mano devolví el paso que había retrocedido. Di uno más. No podían faltar muchos. Apenas habrían unos tres hacia la mesa que esperaba. Los di. Ninguna decisión, pura cobardía. Cobardía feliz, pero al fin cobardía. Seguí caminando. La pasé sin voltear y sentí que ella volteaba a mirarme. Pero claro, en la cobardía uno siente muchas cosas para conformarse un poco. Aun así, este es un cuento feliz, así que salí de la sala de lectura a paso lentísimo y cerré los ojos, disfrutando del momento perfecto de felicidad. Sabiduría y cobardía. No me faltaba nada.

Me detuve y me puse los audífonos. Prendí la música. Densas progresiones. Nada más sublime que las densas progresiones para acompañar a la felicidad. La hacen rebelde, enorme pero sincera, compleja pero finísima. Mis pasos no podían adaptarse al ritmo, este bailaba sin discreción, parecía tropezar y tropezar, pero lo que hacía era caminar por un camino por el que nadie nunca se había atrevido a pasar por su dificultad. Para caminarlo hacía falta tropezar. Todo estaba planeado. Creo que comencé a caminar ridículamente; creo que intenté aplaudir o silbar. Nada me salió bien. Llegué al fin al corredor principal y me apoyé en la baranda. Caminé hacia la escalera casi como un anciano. La miré con satisfacción, como agradeciéndole su forma. Era una de esas en donde bajas primero unos cuantos escalones y luego debes girar para bajar la otra mitad. Una escalera en dos partes me iba a permitir demorarme más. Sonreí asquerosamente, de eso sí me di cuenta y lo corregí al instante. La felicidad trae consigo estupidez, pero hay que disimularla. Bajé el primer escalón bien sostenido de la baranda. Bajé el segundo y me solté. No fui yo, fue la música. Me exigió que me soltara. Me retumbó como exigiéndome libertad y riesgo. Igual, no me alejé de la baranda.

Entonces, a falta de dos escalones para terminar la primera mitad de la escalera, alguien giró del otro lado. Alcé la mano y rosé la baranda. Era ella. Otra vez me la cruzaba. Después de 4 años viéndola pasar una y otra vez, allí estaba de nuevo. Hace casi dos meses que no la veía. A veces la extrañaba, pero no sabía qué extrañaba. Es decir, no sé quién demonios es. Sólo sé que no dejo de cruzármela y que me mira, y que yo la miro a ella, y que nunca nos dirigimos la palabra. Llevaba el cabello suelto, como lo había comenzado a llevar desde hace mas o menos un año. Ese cabello medio lacio y medio encrespado al final del que es tan fácil enamorarse. Antes de ello siempre lo llevaba amarrado, dejando ver claramente su largo y extraño cuello. Sinceramente, no era mucho más bella que la chica que se había sentado en frente mío en la sala de lectura. Pero sinceramente, era mucho más que ella. Tenía más magia, más valor. Su mirada era tan profunda, abría tanto los ojos que asustaba. Y casi siempre sonreía; casi nunca directamente hacia mí. Recuerdo la primera vez que la vi. Andaba por un estrecho camino rodeado de un pequeño jardín, una paloma iba delante de ella. La paloma caminaba con pasos muy rápidos, moviendo su cabeza y su cuello casi compulsivamente de atrás para adelante, como si escapara por su vida. Ella la miraba atenta y le seguía el juego. Entonces, la paloma saltó del camino de cemento al gras que estaba al lado. La mirada de ella se iluminó. Sonrió al verla saltar. La miró con ternura y pasó a su lado como despidiéndose. Cómo no enamorarse de eso. Cómo no enamorarse de una risa provocada por el ridículo y sutil salto de una paloma. Me creé una leyenda sobre ella. Debía ser muy inteligente, debía ser sincerísima y terriblemente sarcástica. Debía tener muchas ideas novedosas que compartir, tantas como para pasarse horas de horas hablando sobre lo que sea. Debía tener pocos amigos y muchos conocidos. Seguro disfrutaba de la música, talvez hasta tocaba guitarra o la armónica. Debía leer Mafalda y a Kundera. Seguro odiaba a Freud. Seguro amaba a Sócrates.

Y ahí la tenía, otra vez. Me miró. Yo también la miré a los ojos y le quise hacer saber que era un hombre feliz. Su gesto, como siempre, fue profundo pero poco expresivo. No. Me equivoco. No es poco expresivo. Expresa mucho, pero no del modo convencional. Nunca nos habíamos mirado tan directa y tan largamente. Ella también caminaba lento, también parecía feliz. Desapareció de mi campo de visión. Comencé a bajar el segundo grupo de las escalinatas y sin pensar, casi impulsiva y estúpidamente dije en voz alta: “Chau”. No sé qué tan fuerte lo dije. No podía escuchar mi voz, la música estaba muy alta. No sé si ella respondió. No sé si se detuvo, o si talvez dijo algo antes que yo. Simplemente seguí caminando, aun más feliz, aun más lento. Culminé al fin las gradas y giré para ver si estaba ahí. No había nadie. Talvez ni me escuchó. Talvez en verdad no dije nada. Talvez pensó que era una estupidez responder a algo así. Me puse un poco triste. Se me formó un nudo en la garganta y pensé en volver a subir, en buscarla y repetirle clara y fuertemente a la cara: “Chau”. Pero seguí mi camino. Cerré los ojos y avancé intentando concentrarme en las densas progresiones.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Un cajón

Tras los autores antes publicados, colgar algo escrito por mí debería sumergirme en la más profunda sensación de estar haciendo el ridículo. Sin embargo, acá en Vandelay, la verguenza no existe. Sólo existe el EGO.



Un cajón

La música fúnebre siempre me hizo suspirar, siempre me pareció hermosa. Pocas expresiones del arte tienen la carga que tiene la música fúnebre. Una carga profundísima. Una carga sincera. Ella no celebra, no lamenta, no postula, no sorprende. Es música que nace de lo más profundo del ser humano, de las vísceras, de lo que mueve a la existencia. La música fúnebre surge de la más recóndita y la más auténtica de las sensaciones. Nos enfrenta a nuestra finitud, nos encara con el fondo del abismo. O mejor dicho, nos hace concientes del abismo. Nos despoja de los soportes que nos hemos creado. Nos desnuda. La música fúnebre no se hace para escuchar, se hace para gritar, para desordenar, para paralizar. La música fúnebre no se hace, se vomita. Nos hace notar el vacío enorme que somos, el devenir incomprensible que somos. De pronto, el todo se hiela, se hunde. No hay más que abismo, y vemos el suelo, y vemos al cuerpo estrellado, y no entendemos al cuerpo, no entendemos la caída. Porqué caer, si yo creía volar. Se devela la verdad para consumirnos, para devorarnos. La existencia despierta a todo nivel en la música fúnebre; la existencia de pronto se siente profunda y desconcertante; la existencia nos somete, nos obliga, nos posee, nos hace tiritar y gritar en silencio hacia dentro, nos exige abrir los ojos en medio del vértigo, nos exige movimiento. Eso es lo peor, no sabemos qué hacer con ella ahora que somos ella. Nos perdemos en ella. Lentamente; nos seguimos perdiendo lentamente. La existencia.

La existencia.

La música fúnebre abraza a los existentes, a los que saben su existencia. Hoy me abraza a mí. Pero me abraza diferente, y aun así, me abraza. Hoy me abraza a mí, y talvez sea yo el único que corresponde a su abrazo.

No se cómo pienso. No se qué pienso. Qué ser. ¿Soy?

Es decir, ¿existo como ser?

Veo, escucho, pienso. ¿Dónde pienso? ¿Cómo pienso?

¿Soy en el pensar, o pienso en el ser? Ni siquiera puedo corroborar al ser exterior, cómo es que soy capaz de considerarme como ser. Si no me considero como ser, no debería poder considerarme como nada. Ser no puede ser pensar. Sé que el cuerpo no piensa. Y sé que el cuerpo es.

Sé que no piensa. Cómo puedo saber que no piensa. Nadie sabe que pienso, que sé.

Pensar me ha convertido en una pregunta. Soy una pregunta. La más patética, la más indigna de las preguntas. Preguntar por el ser es preguntar desnudo, es preguntar por la más profunda estupidez. La pregunta nunca sale, nunca parte. La pregunta nace, y pesa, y muele, y enfría. Nace. La pregunta es. ¿Nacer es? ¿Preguntar es? ¿Hay realmente una pregunta?

Hay un cielo, hay negro, hay cabellos, hay pasos, hay sonidos. ¿Ellos son? ¿Existen acaso? ¿Qué demonios puedo considerar ahora al ser, si lo que es se me presenta y yo ya no puedo presentarme al ser? ¿El ser es ser percibido? En ese caso, yo claramente no soy. Pero yo sé que soy. Y sin embargo, no sé qué es el ser.

¿La silla es? ¿El bostezo es? El ser no puede ser restringido a la vida. Eso es claro. La vida se da en el ser, no el ser en la vida. Sin embargo dudo de qué soy. Mi ser no es comprensible, no es describible. Cómo puedo ser, si sé por un lado que de algún modo estoy en tal cajón. ¿El estar y el ser son separables? Sé que estoy en el cajón. Sé que mi ser va más allá del cajón. Sé. Si sé, ¿soy?

Podría decir: es un hecho que estoy muerto, y sin embargo, es un hecho que aquí estoy pensando. Dos niveles del estar. Dos usos del estar. Los dos, perfectamente válidos. ¿Soy un hecho? Un hecho, ¿no debería estar consignado? Yo puedo consignarlo, pero a nadie más que a mí.

A mí. Yo.

¿Soy un yo? ¿Dónde quedó mi subjetividad? ¿Sigo siendo parte de una intersubjetividad? Sigo con prejuicios, sigo con lenguaje. ¿Necesito más que eso para existir?

Puedo decir: soy algo. Puedo decir: soy. Puedo decir: no soy. Puedo decir: soy nada. Me enredo en la nada con mis pensamientos. Me asumo como nada. Me han obligado a ser nada. A verme como nada. Aun cuando me siento como ser.

Me siento. Qué demonios significa eso.

¿Tengo acaso algún valor? Ser es tener valor. Decido tener valor. Como ser, decido. De qué vale mi decisión. Cómo pretendo ser si ellos han decidido qué soy.

Qué soy. Esa no es la cuestión. Soy. Porqué soy. Porqué el cuerpo humillado es.

Porqué no ser.

Veo un cajón. Me enfrento a un cajón. O mas bien, han enfrentado al cajón a mí.

Un cajón. Como cuando se guarda al dinero. Siento mi ser en mí. Pero veo mi ser como a un cajón. Marrón oscuro, y aun así pálido. Marrón que vive. Marrón que es. El desorden que hay alrededor le ha quitado dignidad al color. Soy un cajón.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La chica más guapa de la ciudad


Espectacular cuento del maestro Charles Bukowski... disfruten


Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.


Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..." Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.


Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.


Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.


- ¿Tomas algo?

- Claro, ¿Por qué no?


No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.


- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.

- Sí, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...

- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?

- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.


Ella me miró y se echó a reír.


- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?


Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.


-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.

- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.

- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.

- No te preocupes -dije yo.

- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella

- No -dije-, a mí me duele.

- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?

- Sí, me duele, de veras.

- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo


Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.


Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:


- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?

- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.


Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.Se echó a reír.


- Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.

- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.

- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.


Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.


- Ven, amor.


Fui.


Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.


- ¿Cómo te llamas? -pregunté.

- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.


Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.


- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.


Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.


- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?

- Lo sabía.


Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.


Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.


- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.

- La culpa la tienes tú por aceptar la copa

- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.

- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.


Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.


- Vaya, cabrón, has vuelto.


Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.


- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza....

- No, no seas tonto, es la moda.

- Estas chiflada.

- Te he echado de menos -dijo

- ¿Hay otro?

- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.

- Sácate esos alfileres.

- No, es la moda.

- Me hace muy desgraciado.

- ¿Estás seguro?

- Sí, mierda, estoy seguro.


Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.


- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.

- Vale -dije-, tengo mucha suerte.

- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.

- Gracias.


Tomamos otra copa.


- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.

- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.

- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.

- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.

- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso


Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.


Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa.. de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.


- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama

- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?


La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:


- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.

- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.


Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.


Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.


- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!


Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.


Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.


- Siento lo de tu amiga.

- ¿El qué? -pregunté.

- Lo siento. ¿No lo sabías?

- No

- Suicidio, la enterraron ayer

- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?

- La enterraron las hermanas

- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?

- Se cortó el cuello.

- Ya. Dame otro trago.


Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel "NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.


Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".


Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Un día perfecto para el pez plátano

J. D. Salinger
(Nueva York, 1919)

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero. A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú? La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo. —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel? La chica separó un poco más el auricular de su oreja. —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde... —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo. —¿Cuándo llegasteis? —No sé... el miércoles, de madrugada. —¿Quién condujo? —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
—Muy bien—dijo la chica. —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo —¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú. —¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame. —Te estoy escuchando. —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica. —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama? —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la... —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está... —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado? —Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror! —No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica. —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste? —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde? —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo. —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar. —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras. —¿Cómo es la ropa este año? —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación? —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa? —No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.
—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre
—. ¿Has visto más vidrio? —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor. La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño... —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil. La señora Carpenter suspiró. —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna. Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel. Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo. El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil. —¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil. —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil
—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil. —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres. Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul. Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más. Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil. —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
—Necesita aire—dijo. —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil. —¿Sharon Lipschutz dijo eso? Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías. —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué? —Me imaginé que eras tú. Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo. —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién? —A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.
—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
—¿Un qué?
—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz. Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil. Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven. Sybil negó con la cabeza. —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil. —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio. Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró: —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut. Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él. Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció? —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol? —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil. —¿Si me gusta qué? —La cera.
—Mucho. ¿A ti no? Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó. —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil. —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto. Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro. Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho. —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes? —Con los peces plátano.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil. —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos. Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío? —Un pez plátano.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis. De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No! —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo. —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel. El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel. En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo
—dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista. Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor. Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz. Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas. Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

viernes, 18 de julio de 2008

Una Cruza (Kafka)


“Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina de los ratones. Horas y horas pasa en acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.

Lo alimento con leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.

Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano: Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo su poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, cómo se llama, etcétera. No me tomo el trabajo de contestar; me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino. En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí, es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria; es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene uno solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.

Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.”

viernes, 4 de julio de 2008

El Personaje

Había una vez un joven escritor que, atormentado por su soledad, decidió crear un personaje que le hiciera compañía. Lo creo a imagen y semejanza, pero dándole independencia y libertad de pensamiento.

El escritor estuvo satisfecho de su producto en un principio, tenía ya con quien hablar, a quién contarle todas las experiencias que se había tragado su soledad; pero las personalidades eran completamente distintas. El escritor era taciturno, melancólico de un carácter suavizado por los golpes que había recibido de su padre; el personaje, en cambio, era colérico, de obsesivo pensamiento y compulsivo actuar, muy fácil de irritarse.

Pronto comenzaron las discrepancias, las rencillas. Hasta que un día luego de una fuerte discusión, el puño del personaje se enterró en el rostro del escritor, rompiéndole la nariz y decorando con sangre la escena.
El escritor dolido por lo que su creación le había hecho y ya hastiado de su compañía, decidió borrar su existencia.... pero no pudo. Un personaje no podía borrar a otro; además, la historia estaba recién por comenzar.